Tiburón

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El largometraje que a las dentelladas se hizo un lugar entre los clásicos de la historia del cine. 

En abril Netflix repuso Tiburón, el batacazo que convirtió a Steven Spielberg en uno de los reyes de Hollywood, en un momento bisagra para la exhibición cinematográfica. 

Allá por los años setenta, la asistencia a las salas de cine bajaba, la televisión ya era el entretenimiento más popular y las ediciones en video permitían ver films en casa; un coctel intragable para los grandes estudios, que no sabían cómo enfrentar la crisis y por una vez les dieron la oportunidad de rodar a directores casi desconocidos, pero con ideas capaces de captar al público joven, como Coppola, Lucas y Spielberg entre otros. 

En 1975, este último decidió adaptar el best seller Jaws – Mandíbulas- de Peter Benchley aunque el rodaje fuera infernal, porque los efectos especiales eran mayormente analógicos y los tiburones  mecánicos usados en las escenas definitorias eran caros y funcionaban cuando querían. 

Aun así, el tesón del director se impuso y el thriller desató una “fiebre escuala”  con millones de entradas vendidas en todo el mundo y hasta algún episodio de pánico colectivo en las playas. 

A cuarenta y cinco años de su estreno, con films como Sharknado (Anthony C. Ferrante; 2013) que ridiculizan su recuerdo, revisitar o ver por primera vez el original se hace casi necesario porque resistió el paso del tiempo;  el tironeo entre el bien público y los intereses económicos hace eco en el presente y la última media hora donde Roy Scheider, Robert Shaw –como una reencarnación del Capitán Ahab- y Richard Dreyfuss enfrentan al gigantesco tiburón blanco en un barquito pesquero. 

Desenlace que atrapa y pone los pelos de punta cada vez que los acordes compuestos por John Williams anticipan la dientuda presencia. 

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