Midsommar

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A pesar de que no se recupera de una pérdida trágica y sufre ataques de ansiedad, Dani decide acompañar a su novio en un viaje para estudiar los rituales del solsticio de verano -o midsommar- en una pequeña comunidad sueca. 

Un bellísimo lugar en medio del bosque, con gente que los recibe amablemente, aunque pronto surgen indicios de que su bucolismo encierra algo tenebroso. 

Tal el planteo del segundo largometraje del estadounidense Ari Aster, que con El legado del diablo (2018)  logró el reconocimiento del público y la crítica y la confianza de los productores de esta nueva historia de terror, ambientada en las noches blancas nórdicas. 

Terror diurno en oposición a la mayoría y casi otro intento del director por establecer su  estilo, junto con los planos largos y el uso exhaustivo de la anticipación. 

Deliberado, seria el calificativo ideal para Midsommar, ya que cada atrezzo, encuadre, línea de dialogo, acción en segundo plano, está puesto por una razón y en particular el tempo lentísimo, que apunta a que el espectador comparta el clima enrarecido en que se mueven sus personajes.  

Trama atmosférica, que para el género en que se encuadra llega demasiado tarde al clímax y aunque Aster afirme que quiso contar una separación desde otro ángulo, dos horas y media de tensión son inviables y hasta se vuelven contra aciertos como el protagónico de Florence Pugh, la estética prístina o el reflejo de los mecanismos de captación de ciertos cultos. 

Uno de esos films amados u odiados sin ambages, que crea expectativas sobre la próxima realización del director, por admiración o por aborrecimiento. 

Ficha Técnica.Dirección y guion: Ari Aster. Fotografía: Pawel Pogorzelski. Música: The Haxan Cloak. Intérpretes: Florence Pugh, Jack Reynor, Vilhelm Blomgren. Origen: USA, Hungría, Suecia; 2019. Calificación: Sólo apto para mayores de 16 años.

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