De Ghibli con cariño

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El catálogo de Netflix sigue agregando maravillosos largometrajes del emblemático estudio japonés.

En noviembre del año pasado Disney Plus entró al mercado del streaming, a competir directamente con otros servicios y no renovarles los derechos de emisión de sus animaciones.

Una jugada fuerte, ya que los niños son un público que vuelve sobre esos títulos una y otra vez, pero al menos Netflix consiguió algo tan bueno o mejor en las producciones de Ghibli, el estudio de animación japonés fundado por el maestro Hayao Miyazaki. 

Los títulos van estrenándose mensualmente, pero ya se pueden ver varios clásicos dirigidos por el propio Miyazaki: Nausicaa del Valle del Viento (1984), sobre la princesa que trata de evitar una guerra;  El castillo en el cielo (1986), donde unos niños enfrentan todo tipo de peligros buscando la fortaleza volante del título.

La sensible y fantástica historia de  Mi vecino Totoro (1988); Porco Rosso (1992),  donde ¡los chanchos vuelan!; El  Delivery de Kiki (1992), sobre una brujita novata aprende a usar sus poderes; La princesa Mononoke (1997) y su potente mensaje ecológico y El viaje de Chihiro (2001), la mágica aventura que dio fama global al director.   

Más los estupendos trabajos de otros directores del estudio: Mis vecinos los Yamada (Isao Takahata; 1999), con los líos de una familia japonesa “casi” normal; El retorno del gato (Hiroyuki Morita; 2002), donde una adolescente sufre un extrañísimo  hechizo gatuno.

Arrietty y el mundo de los diminutos (Hiromasa Yonebayashi; 2010), sobre los seres de diez centímetros que viven escondiéndose de los de talla “normal” y El cuento de la Princesa Kaguya (Isao Takahata; 2013), que refleja el destino cruel de una diminuta princesa con una estética cercana a la pintura tradicional nipona. 

Un tesoro de color, fantasía y belleza verdaderamente imperdible.  

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